el cielo de verano es de un azul
palabra.
Roza con sus yemas el contorno
de la vida y nos mira como
jardines que caminan una
lectura de átomos
amarillos.
Trama desde su centro
una flor que vuela y
sueña ciudades
que aprendieron
poemas de miedo
y de dudas.
Desde ahí toca su voz
las huellas de la alegría.
Es ahí donde su anchura
es un río de necedad
para el poeta.
Son en su rostro
los puntos suspensivos
de un tratado sobre
lenguajes de la única
caricia:
la fuga de agosto
para los sonetos de la
memoria.