Pensando a Kerouac.



Los mares superiores guían.
Van hacia algún sitio en el que
somos el misterio de alguna orilla.
Nos traducen sin final
suspendidos en una partitura
de viento. Nos ponen manos
de papel para tocar 
auroras boreales de
recuerdos. Vamos 
en su asfalto de neblina
hacia alguna cabaña del oeste
con los ojos cerrados. El único
alcohol que nos queda es la 
transperencia del rayo de sol
que inventamos a ciento diez mil
kilómetros por sueño. Una rosa
se siembra en un vinilo de Duke Ellington.
Allá donde llueve siempre hay una carretera.