En todos los relojes.



Le digo a la tarde
que fuimos felices
un día de sol
abrilecido.

Nada en la radio
suena tan brillante
como tu rostro
en esta bruma
vespertina.

Escucho las postales
que nunca te envié
desde mi pecho y
con ellas formo
la silueta que juntos
hicimos con aquellos
cuerpos nuestros.

Le digo a la tarde
que es la hora tuya
en todos los relojes.

Me digo el infinito
porque vuelves a 
definir lo que sé
del horizonte.