Vuelvo para ver mi nombre en azoteas desiertas, a quedarme en los tejados con las promesas que le hice a los marzos de la víspera eterna. Regreso hasta aquí para contarme salas de espera, soles y manuscritos invisibles de un suspiro de papel. Llego a mi rostro en los rayos de una luna inventada de junio. Me acierto entre sembradíos que convocan a mis venas al primer universo de la palabra. Llevo esta mirada a las nubes y hay campos de órbitas nombrándome en el caudal literario de los mudos ríos. Una novela de Kerouac es el silencio entre los árboles. Las hojas nos escriben que ya el verano ha llegado.