Murmuré el mar para
que mi voz fuera un eterno
retorno, una ola limpia,
el laberinto inmarcesible
de las arenas claras.
Caminé tus huellas
para que no me nombraras
fuera de los húmedos bosques
de estas sílabas de piel
torpe y enamorada.
Toqué tu cuerpo así como
se tocan los mapas de una tarde
en tus ojos.
Y fui una orilla de tus hombros,
una novela de versos en el ruido de la espuma,
paraísos que insististe en lo
que supe decirte.