Y mirar al firmamento
para entender la prisa del color
en los recuerdos,
la sutil algarabía con la
que busca aparecer,
tenue, vivo,
igual que los mares
de hace mil siglos.
Me contemplo
con los ojos cerrados
y soy un árbol viejo,
un febrero resguardado
en la semblanza de las nubes,
un nido de venas
donde renacen
hallazgos sin
brújula exacta.
La libertad me refiere
en esta precisión de
la vida.
Y febrero sucede
en tonos pasajeros,
transitorios,
como esperando
alguna orilla
definitiva.