Nos conspira la altura. Nos
trama. Nos hila hermosamente en abalorios de tejados vespertinos. Podemos
transpirar reflejos y cántaros de un firmamento que nos cubre los tobillos.
Alcanzamos a vigilar el motivo exacto de la arena del viento, la invisibilidad
de las puertas abiertas, el tema preferido de las cortinas que atardecen. Aquí
estamos, amor, tendidos en el invierno que nos apila entre nubes de libros que
leemos entre pausas de trigo. Nos cansamos de poemas pendientes entre tus
labios y los míos, justo en la canción de las raíces que nos miran sobre la extensa
superficie de un jacinto humedecido. En este momento las aves son discurso de
una sílaba imposible, partitura cenital para un corazón fotográfico. Y las
palabras se diluyen. Los cables anclados a la tierra son orquídeas que cortamos con saliva y versos rotos. Nos
hace la belleza. La emoción tiende a estas hadas que vigilan la música de un
perímetro germinado y libre, en que te abrazo con teclados de hojas secas y
escribo por tu espalda, que un nuevo viaje nos desprende.