Latente eternidad.






No negocio con el otoño
el crujir de los ocasos
ni los temblores
cobrizos de sus pestañas iluminadas
por donde cruza un sol decembrino
y hondo.

No intento quedarme con el voltaje
de sus ojos cubriendo la ciudad
desde una esquina seca como
un olmo viejo.

Le escucho.

No le rebato.

Sólo él distingue que hay
cuevas en el alma donde nos hablan
las galaxias. Donde se respiran
constelaciones. Cuando los jilgueros
son las sombras de una latente eternidad.

No negocio con el otoño
sus últimos días, se los dejo
donde más esboza poemarios
nevados, justo ahí, en medio de las señales
acordadas:

el tiempo,
desde luego el tiempo,
el contrato de flores secas que es el tiempo.