Acostumbro al fulgor de los
contornos a memorizarme. Me pronuncian los átomos, la concordia de los abismos
y las alturas, los seísmos de cualquier muda raíz. Todo evoluciona
constantemente como una semilla germinal, en la síntesis de los acuerdos
ancestrales y en el vértigo, bajo la eterna cavidad de una ola de polvo
incierto. Acostumbro a las llamas a pintarme de azul celeste, a digerir mis
aleteos de palabras por la suma de las piedras equiláteras. Viajo suspendido en
la risa de los paréntesis. El ahora timbra como cuaderno que desprende el
secreto de la vida. Huir es quedarse. Quedarse es partir. El fondo de las cosas
simples es hermoso, virginal, una fuente dorada que contempla el margen indeleble de mis
párpados.