Con la tarde, las hojas secas
caen más rápido como imanes jugando a ser kamikazes que acarician el asfalto.
Son mis ojos el otoño en la
gente que pasa, en el ruido de las olas de los mismos edificios, bajo el
azulejo de un suspiro por la plaza vacía.
Los árboles respiran sombras
octubrecidas, limpias, como reflejos vivos.
Tal vez me he dado cuenta que
jamás es hoy, que son abrazos las palabras que calla este horizonte.
Con la tarde, el viento suele
ser una belleza oxidada estampando los cristales de la angustia.
Y aquí estoy yo, creyéndome asignatura del resguardo, creyéndome bitácora de la calma azulada de un cielo inextinguible.