Voltea a ver el reloj que es
una arena movediza parecida al contorno de la niebla. Declama nuevamente el
mar. Sabe que de la hierba que crece bajo el trigo, las raíces hablan mundos
más allá del eco irrepetible. Voltea a ver el reloj y hay un hilo anticipado de
manecillas desmoronándose. No hay enunciados en los labios de la espera.
Contempla bajo la luz los suburbios de su antebrazo izquierdo. Bebe un poco de
viento. Culmina con su voz las aceras de un momento. Y otra vez el reloj en el lado izquierdo del corazón de su mirada. Nuevamente las persianas de nubes
escalando los párpados de las horas. Es un tiempo de pájaros escribiéndose en
los charcos de una palabra. Es probablemente la hora que demuestra
caleidoscopios y árboles de minutos vigilantes. Voltea a ver el reloj y ya es
demasiado tarde en los cielos de la urbanización. La caída es una huida al
volátil crisantemo de una camisa a cuadros muy parecida a la vida en un
suspiro. Suena un teléfono de estambre. Sobre la superficie hay un fondo. ¿Qué
transcurre en la indómita brújula de todo lo fugaz?