Su telescopio es la lluvia. Le
habla a los planetas desde la radio de su mirada. Escucha al universo en un
ciclón de moléculas diciendo “…en Júpiter
hay casas moradas y naranjas con jardines de neblinas de azúcar”. Y los
cuencos respiran entre la hierba azul de su mirada. Convergen al amanecer los
gorriones de sus labios, las alas que de su diario brotan como apunte de
manzanas. Es la lluvia. Su telescopio. Es la lluvia. La voz de su pupila nada
esquiva en el trayecto a la fórmula exacta. Puede no ser hoy pero mira, mucho,
como haciendo árboles. La brisa de su aliento cubre una tundra violeta de
intentos. Mientras la ciudad se moja. Los coches se mojan. Los paraguas son un
color. Sale con la prisa a besar a la distancia a los semáforos. Sólo lleva el
suéter de las horas y algunos grados menos en el día que imagina. Se ve de
frente en la distancia. Ha dado una vuelta en sí mismo. Su cuerpo fue un país
de charcos mudos dos segundos en un alba de orquídeas.