La médula de cualquier palabra
es un cuchillo de mar.
En la esdrújula sonoridad,
paseo por la sal que me corta
en un reflejo.
Avanzo.
Mis pies tildan el contorno de
un
compás de nieve imaginaria
en los tobillos de una ola.
Pulso mi rostro.
Navego por él como si
conociera de memoria lunas de
una mente que trepa paredes de
miel y
sinónimos necios.
Me tomo un café conmigo y
no entiendo qué dicen las odas
al pasado
enmarcadas en las grietas.
Pero vuelvo otra vez a la
orilla que me cruza.
Donde la espuma es un arpegio
de corales rotos.
Cuando son dos ínsulas de un canto
lejano
mis párpados sumergidos
en un pétalo de
arena.
