De los imperios
se habla mucho
cuando termina
el verano.
El imperio de la piel
bajo los árboles,
el de los párpados
de una libélula de lunas.
Cuando empiezan a otoñecer
los verbos de la locura
se habla en tiempo resúmenes:
todas las playas que nos gritaron
nuestra espalda abierta,
todas las arpas
de canciones inconclusas.
Pero nadie habla
de los imanes que se quedarán
como poema en la nevera.
Los que arderán imbatibles
cuando apaguemos la luz y
nos vayamos
de la noche.
Ese imperio
redundante de la
veloz y trágica
hermosura.
