Las yemas de la memoria.


                                                      


Resquebrajar al sonido con la tibia caricia de un pez imaginario. Tomar el timón de la noche para sembrar tierras próximas que no duelan, que huelan a la humedad de las palabras desconocidas y volver a tomar de la mano a un árbol de imágenes sobre cómo nunca olvidarme. Es muy tersa la raíz que me habla, su recorrido de tiempo deshecho en papel de luna. Los astros me deletrean en lugares que amé bajo las horas, donde las ínsulas de los sueños tejieron barcos en mi pecho desierto. Todo nada de pie en la herrumbre del intento, en la medianoche que timbra en el país de un teclado empolvado en las yemas de la memoria. La ortografía del episodio ha encontrado su sitio en las pupilas de una flor que cierra la puerta. Tengo los ojos abiertos bien cerrados. Un mar profundo acelera hacia este encuentro.