La altura de los pasos cristaliza un sueño. Muy arriba de las horas hay murmullos y festivales de un viento que recorre palabras. La boca es tiempo. Mis manos son un campo de nubes que me dispersan y diluyen como silueta de un nítido viaje a mis camisas viejas. Me contemplo, me llamo, me insisto. Las huellas que algorítmicas me suponen, cortan el asfalto con recuerdos y cerezas azules. Pienso en Hopper. Una vez más en Hopper. Le adjunto a este recorrido una coma a mi rostro, justo después de escribir un esbozo de serenatas internas. Me canto, me libro, discuto mis brazos señalando que septiembre es una cita de mi pecho en llamas. ¿Son mis zapatos naves de lienzos creyéndome matiz de un suspiro? No puedo saber qué dice la luz. Lo único que toca un resplandor, es la idea del aire, mis rodillas de color dolor, este poema que jamás será celeste jardín de un iris irrepetible. Veo que mis ojos son dos telescopios que formulan órbitas de trigo y asombro y me duele mucho mi espalda, la espalda de los días, la de los párrafos del cielo mansamente atardecido. Cimbro mis venas en un telar de angustia que vigila estas llamaradas. Me persisto, me digo la euforia de los pétalos caminantes y entrecomillo para mí, lo que entiendo de las cosas de un reflejo.
