Cruje la nada en la boca de una pared desierta y absurda. El día se coloca a un lado de lo que entiende de una grieta en la savia de la misma argamasa. Todo indica que la ausencia llora por todo esto que es óleo viejo en las cáscaras de esta naranja perdida, esta cuchara de poca luz amanecida en la barra soluble de mis horas a estas horas. Aquí los objetos son un país que visito en miradas que canté hace años. Y los huecos de un minuto, las caricias de los árboles en el plato del viento, los asuntos del dolor y las llanuras de imanes en la nevera, le arrancan al sol del verano una fría madrugada que nuevamente termina. Supongo pues, los epílogos de esta danza polvorienta de niebla y poesía, estos relámpagos de ceniza que forman un muro de luciérnagas por el mantel de lluvia y pétalos de saliva. La cocina vacía narra del alba su riguroso estilo de penumbras luminosas, el tejido de hierba que es la luna en mis pestañas, el hermoso corazón de un pato de madera que consigue ser espejo de un verso en la marea. Cuando los instantes me celebran, yo me tomo la vida con ellos. A pesar de los ojos hinchados de duda, nunca pierde su lugar lo que sé de la ternura.
