Y uno no sabe
que todo lo sabe el verano.
Que todo tiende a su
ecuación de pájaros de arena,
a los días trepando
monumentos de nubes,
a cada última batalla del rocío
en el asfalto. Uno no lo sabe.
Las costas de cristal en su
espalda de horas calladas,
las noches de luna
sin más firma que
un poema pendiente.
No. Uno anda siempre
con los cuadernos del apuro
cuando es tan fácil mirarle.
Aprenderle. Pulverizarle.
Soñar unos ojos de casi julio
en que es rey de cualquier
melancolía. Ah el verano.
Sus notas al calce del sol.
Su ponencia estival sobre
cómo dibujar peces en los pies
de un momento. Todo lo que
nos vigila desde una radio vieja.
Todo eso y lo que uno no sabe:
que se llega a sus orillas
desde una canción de
imágenes que olvidamos
en las alas de una ola desierta.







