Contemplo el sudor
de la tarde por hacerse
visible. De su armónico desorden,
las aves trepan el silbido de las nubes.
Lo conforman y caminan
como viejos amigos en el
Café del horizonte. Escucho
el crujir de los años en mi
rostro y de estos textos vespertinos
una soledad me camina.
Puedo ver que hoy no terminarán
los misterios. Que siguen igual,
en la altura de un verso,
los azulejos de la bruma.
Que la ciudad es esta fecha
que no recordará nadie.
Que hoy es otra vez en la huella
de un paisaje.
