Todas las cosas que se van.


                                                      


Encontré un viejo
poema que escribí,
quizás,
hace diez años.
Le falta tanto
como quizás
le falta tanto
a mis poemas recientes.
No recuerdo bien
cómo llegué a la idea
de hablar en él sobre 
todas las cosas que se van.
De mis inventos de paz,
mis diseños del amor,
de la inquebrantable arquitectura
de los globos de gas
en las manos del cielo.
Es un poema que habla de 
sí mismo. De cómo
empezaba entonces a partir 
en el antiguo bus 
de los libros y los viejos cajones.
Y volví a leerlo.
Como si nunca lo hubiera visto.
Como si no existiera.
Como si no fuera mío.
Y volví a dejarlo ir.
Tal como debe ser.
Como quien abre 
sus puños
para dejar 
escapar lo
poco que 
sabemos 
de la vida.