Los coches
por aquí son los mismos.
Pasan como danzas unísonas
de mis manos calladas.
Disfruto ver su marcha
y sentir la soledad como este suéter
añejo y definir el raro algoritmo
del azar y los neumáticos.
Uno,
uno más,
veinte y mil y la vida en este instante.
Así es aquí
en los recuerdos,
en la estática continua del alma
por los cántaros llenos de un latido amanecido.
Así es el agua de la memoria
un día de otoño:
los ojos de la rutina,
el bolígrafo de mi silencio
y como siempre,
ventanillas cerradas
hacia algún lugar desconocido.
