Quédate,
noviembre,
en la voz de los lugares,
anúncialos en tu paz de lluvia
y melancolía,
déjalos en montañas de aire vivo.
Míralos.
Constrúyelos en el eco de la hierba.
Configúralos en palabras que hayan aprendido tu caricia.
Quédate, noviembre,
ahora que suceden luces tuyas.
Porque son así tus ojos.
Son así tus pestañas de finales de año.
Porque es así tu densidad
en que sucede el aliento de
un cable de luz deshabitado.


