Nada más.


                                                    



Nada más escucharé Solitude de Duke Ellington.
Nada más dejaré Manhattan como poema al fondo del cuarto.
Nada más incendiaré al silencio con la voz de mis lápices rotos.
Nada más escribiré una ola de las mismas paredes.
Nada más haré zapping a mis prados interiores.
Nada más soñaré que estoy despierto.
Nada más avanzaré hasta el último dominó de mis párpados.
Nada más persistiré en la gota de café derramado en el vinilo de la aurora. 

Nada más seré la duela que cruje como relámpago del último de agosto. 
Nada más confirmaré peces nocturnos en la alfombra.
Nada más sabré lo que tenga que decirme el vaso triste de un lucero. 

Nada más iniciaré un camino al verbo exacto del alba en las persianas. 
Nada más tomaré este paréntesis de viento humedecido.
Nada más tropezaré con el reloj destruido de las sábanas.
Nada más volveré a escuchar Solitude de Duke Ellington.
Nada más vestiré a mi pecho con los días felices leyendo a Kerouac. 

Nada más imaginaré piscinas de objetos hermosos.
Nada más residiré la necedad de que no amanezca por esta ventana. 

Nada más pensaré aquel aniversario de las alas perdidas.
Nada más recogeré cromos de locura por la entraña de esta noche.
Nada más.
Lo juro.
Nada más.