El Señor Miyagi piensa en Yukie San desde las maderas donde practica la técnica de la grulla.


                                                 


La silueta del agua
le cubre las pestañas 
y los párpados.

Una voz de origami 
bajo sus venas
late fotogramas 
de su antigua Okinawa.

No se distrae.

La furia vespertina
es un bonsái mirando el mar.