El azul del sepia, la sed de la belleza y la misma bitácora en una calle cualquiera.

                             

                                 
La secuencia de mis ojos tripula una misiva a la tarde. Me recorto de estos papeles de cadencia y bebo un vaso de ocaso, una fortuna de hazañas en el ruido de los mismos quehaceres: habitarme, citarme, escribirme como tertulia de un libro que aún no escribo. Pero estos son los poemas, los diálogos, el azul del sepia. Unas vías a un sueño que marcha al lado de las tipografías del viento, habitándome, citándome, escribiéndome. En ciertos instantes uno parece desprenderse de la tinta realísima de un suspiro. Pero estos son los poemas. Los de partir. Los de esa reunión inevitable con la sed de la belleza.