Las ventanas se caminan con miradas. Hay que saber andar paisajes y lejanías. Aprender a sumarme en las huellas de cada sitio del semáforo del camino. Comprender que lo ojos son un viaje a la fuerza de existirse, dibujarse, caer al intento de las parvadas de aves interiores. Lo sé por esas formas que tiene el cristal del asombro al distinguirme entre sus sueños. Transparentarme. Cubrirme. Unirme a la densidad de un reflejo. Mis párpados de verano son proporcionales a las veces que un espejo me ha detonado en versos inolvidables, en palabras que se anidan en la arena de un marco que me encuadra hacia ninguna parte.
Hoy estoy en una tarde de ventanas que parecen mis pasos corroborando el azul.
Hoy estoy en una trama vespertina del bosque en el cual resido como aliento de mis venas.
Más allá de los perímetros de una imagen, una hoja en blanco canta, me divisa y empieza a recordarme.
La idea cristaliza un sinfín de bocetos sobre cómo jamás me iré de este viento imaginario que golpea mis pupilas.
