El piano, Carole, Leonard y una precisión sobre esta acuarela de pasos enardecidos por la casa cuando Umbral y Neruda charlan estanterías de papeles perfectos.


Entono en silencio carteles antiguos. En la savia de las mismas paredes, cada buganvilia es aplauso y cada paso es un pretérito laberíntico. Escucho. Los fresnos brotan por el piano como reconociendo raíces de cada partitura al filo de este momento. Respiro. Claramente respiro mi frecuencia en este dado de mí. Uno, tres, seis veces mis tobillos por entre diplomas de días pasados. Me deambulo con afán de historias por entre el cerrojo en que me quedé conmigo en versos de equipaje. Esta valija que descansa en la habitación es una gardenia entre las manos de mi partida. Y la casa está sembrada aquí, en esta caricia de vinilo en que Carole y Leonard giran y me documentan en esta ocasión de esmeraldas y Neruda.
¿Qué azar me declama en la guitarra de los cuadros viejos?
Me sostengo en libros en que viajé al nombre que escuché para poemas y meteoros. Y Umbral insiste en una prosa que parece el envoltorio de esta pausa. Me asomo al silencio a través de una ventana que baila nublada como bastión de melancolías.
Visitarse es labor de enciclopedias personales.
Los cántaros de una vuelta desbordan la virtud de esta casa iluminada.



