Una sílaba de tiempo escribe retratos de mis olas. Olas de todo. Olas como objetos de mis párpados de tarde y lunas próximas. En el enunciado de mi paso, las huellas de mis brazos descansan como gorriones de un momento, como ternura de una arena de cielo, como necedad de barro para una panorámica eterna. Para cada grámatica de una existencia, son imprescindibles las erosiones de la palabra, sus tejidos de semántica sobre veredas imposibles, las ávidas comisuras de un día sonriendo. Con sólo una sílaba de este instante puedo llegar al ruido de un campo abierto, al párrafo de una mesa en que me dicto entre manteles de locura y paisajes de espejos serenos. Hoy es aquí porque nada se resuelve y con ello las parvadas de la ilusión se sustantivan en todas direcciones. Me cruzo con una mirada como álgebra real y transcurro vuelos de puntos finales. La tarde una vez más y entre mis cejas mudas, distingue este equilibrio que se archiva y llega y es orilla del lenguaje del asombro.
